ACISAM en su 26 aniversario hace una atenta invitación a la presentación del libro "Memoria, historia y tradición"
Contexto de los hechos de 1932
En 1929, se produce la gran depresión económica a nivel internacional, que ocasiona la brusca caída de los precios del café. Los efectos de tal situación fueron graves para El Salvador, en vista de que su economía se basaba en el monocultivo y la mono-exportación del grano; de hecho, los impuestos a la exportación del café era una de las principales fuentes de ingresos del erario nacional.
Los salarios de los jornaleros, incluida la población indígena, se redujeron a la mitad de lo que eran antes de la crisis. El 2 de diciembre de 1932, los militares, ante la caótica situación económica que generaba grandes protestas entre la población, dan un golpe de Estado que lleva a la presidencia al general Maximiliano Hernández Martínez.
La situación de extrema miseria en que se vio el pueblo, sobre todo el de las zona cafetaleras (entre ellas la zona occidental, donde se encuentra ubicado Tacuba), siguió alimentando el malestar popular de tal modo que el 22 de enero de 1932, se inició una insurrección popular que, si bien es cierto contó con la participación del Partido Comunista Salvadoreño, en la práctica representó la última manifestación de la población indígena en contra de las injusticias padecidas desde la colonización.
“Desde la madrugada del día 23, tres intentos de toma son repelidos por las ametralladoras del bastión militar de la ciudad de Ahuachapán. (…) Al ver derrotado su intento de tomarse la ciudad de Ahuachapán, los rebeldes… abandonaron con premura la zona cercana de Ahuachapán. Se refugiaron en las arrugadas y escabrosas montañas que se encuentran entre esa ciudad y Tacuba. (…) pueblo situado en uno de los más lejanos valles cerca de la frontera con Guatemala
La respuesta del gobierno fue rápida e implacable, las tropas gubernamentales iniciaron la eliminación sistemática de miles de personas, en su mayor parte indígenas y campesinos, que parecían participar en el alzamiento o de ser simpatizantes.
En solo tres días las tropas del ejército, capaz de oponer sus ametralladoras al improvisado y escaso armamento rebelde, habían recuperado el control de todas las localidades que habían tomado los alzados en armas, y empezó una represión de proporciones sin precedentes.
Tacuba permaneció en manos de los rebeldes más tiempo que ninguna otra población de importancia, ya que las fuerzas gubernamentales no llegaron sino hasta el 25 de enero. Por ello los dirigentes del movimiento tuvieron más oportunidad de organizar un verdadero gobierno. El encargado de hacerlo fue Abel Cuenca, de veinte años, estudiante de la Universidad de Guatemala. Obligó a que los terratenientes hicieran numerosas concesiones a los rebeldes en materia de redistribución de la tierra y de una participación más justa de los campesinos en la riqueza de la región (Anderson, 2001: 226).
El alzamiento de 1932 dejó profundas huellas en la conciencia de todos los salvadoreños. La población india prácticamente dejó de ser la misma como resultado de la matanza, sobre todo porque de ahí en adelante existió el temor de mostrarse como ‘indio’. Según la historia oficial, el idioma, la vestimenta y las costumbres de los indios pasaron a ser formas peligrosas de identificarse y fueron reemplazadas por otras menos evidentes (Ministerio de Educación, 1994: 137). Al respecto, Lara Martínez (2009) dice: “Uno de los grandes mitos de la historia salvadoreña de las ideas presume que —luego de la matanza de 1932— el gobierno del General Maximiliano Hernández Martínez (1931-1944) erradica todo índice visible de cultura indígena: vestido, lengua, etc.”.